El duelo, el perdón y las puertas abiertas

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Cuando hemos perdido algo o a alguien que nos importa necesitamos hacer un proceso de duelo. Una consecuencia de no hacerlo puede ser vivir, como en el “día de la marmota”, una y otra vez el descubrimiento de la pérdida… Si una pérdida suele ir acompañada de tristeza y miedo, sin duelo, la intensidad de estas emociones se puede disparar hasta hacerse insoportable.

Muchas veces, en un proceso de duelo necesitamos perdonar, a los demás o a nosotros mismos.

Me viene al recuerdo especialmente lo que le sucedió a un cliente. Este cliente perdió a un familiar cercano y querido y no podía parar de reprocharse todo lo que podría haber hecho para que la pérdida no hubiera sucedido y, además, lo poco que aprovechó para estar con ese familiar hasta que se marchó inesperadamente.

La metáfora que utilicé para transmitir lo que yo escuchaba de sus explicaciones es que el mundo en el que la pérdida era real estaba al otro lado de una puerta. Cada día, al despertarse, abría esa puerta y cada día descubría que lo que había fuera le daba mucha pena y miedo. Así, de golpe, la cerraba y se refugiaba dentro, lejos de aquello que no le gustaba y también de lo que más le gustaba. Y no podía escapar de aquella puerta para hacer realidad sus sueños… Y cuando finalmente se atrevió a traspasarla, la quiso cerrar para siempre… Pero se reabría constantemente, desatando el miedo que le producía volver al otro lado. El perdón era la llave que le permitiría cerrarla para siempre.

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Cuando mi cliente vio todo lo que le estaba suponiendo su actitud, rápidamente inició un proceso de duelo y fue capaz de regalarse el perdón que descubrió que necesitaba.

¿Cómo lo consiguió?

  • Agradeciéndose todo el disfrute que también había tenido con aquella persona querida. Dándose cuenta de cuánto había contribuido a que se rieran, aprendieran juntos y se sintieran queridos.
  • De alguna manera, eran dos caras de la misma moneda: podía haber hecho más cosas y podía no haber hecho nada por esa persona, todo dependía de dónde pusiera el foco.

 

Todo duelo acaba trayendo un regalo oculto, como la rana que se convierte en príncipe.

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