¡Cambia! Si quieres.

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Cuando explico que me dedico el coaching suelen abrirse conversaciones a partir de preguntas preguntas como “ ¿qué es exactamente eso del coaching?”, “¿qué diferencia hay entre un coach y un psicólogo?” o revelaciones como “mi primo hizo un cursillo de coaching y me estuvo haciendo una mini-sesión y…” (ejem, esto último y todas su variantes me duelen especialmente ¿cómo que “un cursillo”? y ¿qué tipo de frivolidad es esa de una “mini-sesión”?)

Algo que suele imaginar la gente es que un coach es algo como un “empujador” o motivador, o una suerte de “recetador” de soluciones, o incluso un examinador de vidas dedicado a decir a los otros si van o no por el buen camino.

Nada más lejos de la realidad, la disciplina parte de la absoluta aceptación de la legitimidad del otro: el coaching es imposible si el coach no considera de partida y sin excepción 100% legítimas todas y cada una de las cosas que hacen a su cliente ser como es: sus actitudes, sus comportamientos, sus creencias, sus querencias, sus aspiraciones… Para un coach, mientras está ejerciendo su profesión, no existe defecto o carencia alguna en la persona que tiene delante.

Esta idea parece resultar chocante para muchas personas: “Si al coach le parece perfecto todo en su cliente ¿cómo va a cambiar? ¿cómo va el coach a indicarle el camino si todo le parece bien?”

Lo que ocurre es que no es el coach el que quiere que su cliente cambie, es el propio cliente el que declara que quiere cambiar para conseguir cosas nuevas. Esa es la razón de ser del coaching y por tanto, sin la voluntad de cambio del cliente no hay coaching.

Eso rompe con los paradigmas de maestro-alumno o médico-paciente tan arraigados en nuestra forma de entender los procesos de mejora o aprendizaje. En ellos el alumno entrega la responsabilidad de detectar carencias al maestro, o al médico la de diagnosticar dolencias: “¿Qué me pasa, doctor? ¿Qué hago mal? ¿Qué me falta? ¿Es normal ser así?” ¿Está bien?”

El coaching parte de un paradigma diferente: un coach no es un médico o un maestro, es en cambio como un espejo con empatía, capaz de acompañar en las emociones y, a la vez, ser certero mostrando lo que con toda su atención ve y escucha.

Puede decirte: “Cuando me dices que estás muy contento con tu vida me parece sentir que lo dices con tristeza ¿tiene sentido para ti esto que digo? ¿hay algo qué te gustaría cambiar?”

Puede decirte: “Tus palabras me dicen que quieres esto, pero por las acciones que describes parece que quieres eso otro ¿Qué es lo que quieres realmente? ¿Qué puedes hacer diferente para conseguirlo?”

Puede decirte “Me dices que no tienes valentía ¿Recuerdas alguna vez en tu vida en que sí la has tenido? ¿no? ¿Le quieres dedicar un rato a recordar? ¿Ya? ¿Qué tenía esa situación para que sí hayas sido valiente?”

Estos son ejemplos de lo que podrían ser los primeros compases de una conversación de coaching.

Así pues, y esa es la principal idea que me gustaría trasladar, un coach no es un empujador, no se dedica a animar, a forzar acciones, a imponer rutinas de acción, no diagnostica ni juzga, no dice por ejemplo “por lo que me dices, tu vida social no está completa, por tu bien tienes que ser más sociable, en la próxima semana habla con dos desconocidos para que venzas tu miedo a entablar relaciones pues, aunque me digas que no quieres más vida social, tienes que forzarte para superarlo”

Si un coach juzga (“tu vida social no está completa”) no está haciendo coaching.
Si un coach te hace una receta (“habla con 2 desconocidos por semana”) no está haciendo coaching.
Si un coach insta a que se evite, reprima o se “venza” alguna emoción, no está haciendo coaching.
Si un coach empuja y establece obligaciones (“tienes que…”) no está haciendo coaching.

Un coach puede trabajar sobre el objetivo de un cliente de “tener más vida social”, y el cliente puede llegar a la conclusión de que quiere gestionar su miedo de manera diferente y asumir el compromiso de hablar con 2 desconocidos en la próxima semana. La diferencia aquí es que es el cliente quién concluye y decide, él es dueño de sí mismo, él traza su camino.

Un coach no se dedica a empotrar su forma de ver la vida a su cliente, nuestra profesión se asienta sobre la legitimidad absoluta del otro. Nos debemos a él, a lo que quiere mantener y lo que quiere cambiar. Ponemos nuestro espejo más lejos, más cerca, se lo enfocamos desde arriba, desde abajo, desde un lado y desde el otro hasta que él consigue ver aquello de sí mismo que hasta ahora no veía y, así, se vuelva capaz de cambiarlo. Si quiere.

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Vivir sin miedo a perder a un ser querido

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Hace unos días alguien pidió exactamente esto.

Seguramente al leerlo, respirando lo que significa, muchos pensemos que es una pretensión imposible. Imposible me parece no tener miedo, como posible me parece vivirlo en grado saludable

Antes de nada quiero aclarar que el significado que le he atribuido a “perder” es principalmente el de que la muerte se lleve a ese ser querido, pero creo que lo que viene a continuación también serviría para cualquier situación en la que podemos sentir que estamos perdiendo a ese ser querido en vida.

Quiero compartir la reflexión que he realizado a través de esta petición real que he recibido y que me ha conmovido profundamente.

Lo primero, esto no es una solución ni una respuesta universal, sino una digestión meditada que comparto con cariño por si a alguien le sirve.

Miedo: cuando aparece, nos trae bajo el brazo la pregunta “¿qué recursos tengo para afrontar “eso” (lo que sea que nos genere el miedo)?“. Por tanto, nos permite no ser temerarios, y conlleva el riesgo de que, creyendo que no tenemos recursos, nos paralice o conduzca a una agonía… 
Pensando en la petición que ha provocado esta disertación, “miedo a perder a mis seres queridos” en un extremo podría traer la pregunta de ¿estoy dispuesto a asumir el riesgo de tener seres queridos y perderlos? 

Ello conduce, por ejemplo, a cuestionarse si se está dispuesto a tener pareja, hijos, amigos, etc., (lo cual es relativamente frecuente en nuestra sociedad). No menciono a padres o hermanos puesto que son compañeros de la vida que no elegimos, y ese riesgo nos viene de serie. Y a la pregunta de asumir el riesgo de tener seres queridos no cabría – por irreal – añadir tenerlos con la condición de no perderlos, más aún sabiendo que la muerte ciertamente nos llegará a todos y normalmente es algo que escapa a nuestro control, ¿cómo vivirlo? 

Al hilo de esto pensé en como sería mi balanza. En un lado pondría disfrutar, arriesgarme, sorprenderme… Y en el otro, renunciar, evitar riesgos innecesarios, protegerme

Mi balanza se inclina hacia el primer lado, puesto que confío en que vale la pena lo que aparece allí.  Y, de repente, me doy cuenta de que he sustituido el “riesgo” de perder a un ser querido, que me produce miedo, por el “juego” de ganar con mis seres queridos, que me produce ilusión. Jugar a compartir con ellos todas y cada una de las cosas que me apetezcan… 

Así, jugando a ganar, y no arriesgándome a perder, siento que todo cobra un sentido más acorde con lo que es la vida de camino a la muerte, y para ello he necesitado aceptar que todos nos iremos algún día, y que no sabremos cuándo… 

Mi tia abuela Emilia que nunca se casó y a la que conocí a los 25 años

Así que el miedo me sirve, y mucho. El miedo me ha inspirado para diseñar la estrategia de jugar a ganar, mientras pueda, no queriendo desperdiciar ni un segundo, sabiendo que no he pospuesto nada importante para un momento “mejor”. 
Es decir, el riesgo de perder la oportunidad por haberla postergado sí que no quiero asumirlo con mis seres queridos (entre los que me incluyo a misma). Y sé y acepto que habrá un momento en el que las oportunidades se acabarán para todos nosotros… Esas son las reglas del juego que nos han entregado…

¿Cómo sería jugar a ganar con tus seres queridos?