EMOCIONES: ¿POSITIVAS, NEGATIVAS?

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Últimamente estoy leyendo por las redes, revistas especializadas y blogs hablar de emociones negativas y hasta incluso de feedback negativo.

A mi humilde modo de ver, calificar algunas cosas de positivas o negativas, buenas o malas, me hace pensar en limitar el aprendizaje y el desarrollo.

Hablando de emociones, he leído incluso que hay que combatir las emociones negativas (así llaman a la tristeza, al miedo, a la rabia, a la envidia…). ¿Cuánta energía necesitamos para combatir?

Las emociones no se pueden evitar, ellas llegan cuando es necesario y vienen a cumplir una función. Desconsiderarlas se puede traducir en que se aposenten y nos condicionen… aún más.

¿Qué nos pasaría si no nos las permitiéramos?

Vamos a ver si estas emociones nos pueden ser útiles:

  • Tristeza: nos permite un espacio de recogimiento, de silencio, de soltar aquello que hemos perdido y elaborar un duelo, o de conocer aquello que queremos conseguir y no tenemos aún. Y hasta se convierte en un espacio donde puede emerger la creatividad.

No permitirnos la tristeza nos podría llevar a estar volcados hacia fuera, sin escuchar que pasa en nuestro interior. A no poner nuestras necesidades en valor y vivir la vida de los demás y no la nuestra. A no transitar el duelo de manera reparadora con el peligro de caer en un estado de duelo permanente.

  • Miedo: nos ayuda a darnos cuenta de un peligro, nos alerta y nos permite protegernos de una amenaza. Incluso de parar antes de actuar.

No permitirnos sentir miedo nos podría llevar a la indefensión total, a la temeridad, incluso a la autodestrucción.

  • Rabia: nos ayuda a ser fuertes ante una amenaza, a poner límites, a darnos cuenta de lo que no nos gusta y así poder actuar en consecuencia. Nos da la fuerza para poner en valor nuestras propias necesidades, a decir “sí” o a decir “no”, y avanzar.

No permitirnos la rabia, nos puede llevar a no decidir, a vivir la vida desde el conformismo y a ser víctimas de las circunstancias y de las decisiones de los demás.

 

Está claro que cada emoción, en su justa medida, tiene una utilidad, un para qué, que lejos de tener que combatirlo, podemos acoger y ver qué nos viene a decir para actuar en consecuencia.

A modo de ejemplo:

“A través de la tristeza podemos descubrir qué es lo que no queremos perder. Una vez lo tenemos claro, permitiendo la llegada de la rabia podemos tomar fuerzas para actuar en consecuencia y dejándonos acompañar (que no cegar) por el miedo, evitando adoptar medidas que pudieran perjudicarnos.”

¿Se ven negativas ahora estas emociones?”

Del feedback hablaremos otro día…

 

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¿QUIÉN ESCOGE EL CAMINO DEL ÉXITO EN UN EQUIPO?

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Se nos podrían ocurrir varias respuestas, quizá el líder, quizá el integrante con más experiencia, quizá la empresa a la que pertenece el equipo…

Ayer hablando con el líder de un equipo directivo surgió una imagen muy bonita, a la vez que reveladora. Decía “yo tengo claro cual es el camino a seguir y le digo al resto del equipo, venid conmigo”. Lo hacía desde la pasión por lograr el objetivo y desde la convicción que era una manera de dar seguridad a su equipo.

La revelación se produjo cuando se dio cuenta de que este gesto, digamos generoso, de dar a los demás una posibilidad y hecho con la mejor de las intenciones, a su equipo no le funcionaba.

El entusiasmo del líder puede llevarle a querer tirar de las riendas para avanzar más rápidamente, olvidándose de escuchar aportaciones, por pequeñas que sean, que pueden marcar un cambio de rumbo, o reajustar la velocidad, o por qué no, cuestionar un pilar que hasta ahora había servido y ya no sirve.

Esto le permitió ver que si él iba donde ellos estaban (es decir, se colocaba a su mismo nivel y no desde la distancia del que ha llegado a un punto más avanzado), escuchándoles desde la empatía y la generosidad de recibir sus aportaciones, podían escoger más caminos que los que él estaba viendo solo. Y además, le liberó de una carga de responsabilidad que no se daba cuenta que le impedía avanzar con ligereza.