¿Cómo puede ser? (El cuento de nuestras expectativas)

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Cuento2
“Deberías saber porque estoy sufriendo”, pensaba la Sra. Expectativa. Ahí sentada al pie del árbol le pasaban las horas y su cabecita no paraba de darle vueltas a sus obviedades. Como el remolino de hojas que tenía a sus pies, así eran sus pensamientos. Daban vueltas y más vueltas. Se juntaban a ellos el resentimiento y la frustración. Y se repetía “¿Cómo puede ser que no lo vean?”

Y ella, la Sra. Expectativa, seguía ahí sentada en el suelo hecha un ovillo. Con un mar de lágrimas de impotencia bajando por sus mejillas.

Tan absorta estaba en su bucle de pensamientos, que no oyó que detrás de ella se movían unas ramas.

“¿Qué te pasa pequeña?”, de entre los árboles había aparecido el Sr. Compromiso. Y ahí, delante de ella, esperaba paciente a que se enderezara. Tenía los ojos tan llenos de lágrimas que casi no le veía.

“¿Quién eres?”- le preguntó.
“Soy tu amigo, el Sr. Compromiso”- contestó él.
“Y, ¿qué quieres?”- le dijo con la rabia típica de la impotencia.
“Querer, querer…”, dudó de si quería algo por unos momentos y enseguida, le planteó una petición. “Me gustaría que ahora mismo te levantaras, te lavaras la cara en este riachuelo y vinieras conmigo a pasear para contarte una historia. ¿Aceptas?”- le formuló él con gran naturalidad.

La Sra. Expectativa se levantó sin mucho ánimo y con voz trémula aceptó la oferta. Así, se dispusieron a caminar tranquilamente.

“Cuando era pequeño, estaba permanentemente enfadado, con mis padres, mis hermanos y hasta con mi profesor del colegio. A mí no me gustaba jugar a la pelota en el parque a la hora del recreo. Y ellos se empeñaban en decirme que no podía estar sentado en un rincón cuando los demás estaban divirtiéndose de lo lindo.

Yo no entendía nada, me decían que jugar a la pelota era divertido. No podía creerme que ellos, como yo, no vieran los moratones en las piernas de mis compañeros incluso alguna pelea a la que yo no veía sentido. En mi cabecita daban vueltas y más vueltas estas imágenes y mi miedo era cada vez mayor.

Hasta que un día, a un niño le salió sangre de la nariz por un pelotazo.

Ese día decidí contarles a mis padres que yo no quería jugar a la pelota porque no quería hacerme daño. Esta era mi verdadera necesidad, proteger mi cuerpo. Cuando fui capaz de expresarlo, todos entendieron mi actitud en el parque. Y yo me sentí muy aliviado. Desde ese momento fui capaz de sacar las canicas de la bolsa y jugar con dos niños más en el arenal. Aquello sí me divertía!”

Así es como pasé del sufrimiento de no saber porque los demás no entendían mi actitud a expresar con franqueza cuales eran mis necesidades y también mis miedos.

“Entonces – empezó la Sra. Expectativa-, si yo les cuento a los demás qué es lo que me está preocupando, ¿podrán ayudarme?”

“Cuando lo que necesitas sólo está en tu cabecita, los demás no pueden saberlo y por tanto, no pueden hacer nada. Si lo compartes y pides, entonces tienen la oportunidad de hacer algo. Eso si, cuando pides es necesario que estés dispuesta a que te digan que no.”

Y en silencio, siguieron andando, la Sra. Expectativa pensando en como lo haría para ocuparse de sus necesidades e imaginando conversaciones en las que el sufrimiento y la preocupación iban desvaneciéndose, incluso si le decían que no… ¡Ya encontraría otra posibilidad!

 

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