¡Viva la discrepancia!

Conflicto, Cooperar, emociones

No es lo mismo discrepancia que conflicto. La discrepancia es una situación en la que dos personas pueden proponer maneras diferentes de ver un asunto, exponer sus argumentos y expresar sus emociones desde la aceptación de que la postura del otro existe y tiene derecho a existir. En una situación de conflicto, en cambio, la opiniones diferentes se consideran inaceptables.

La discrepancia no tiene por qué llevar necesariamente al acuerdo. Normalmente, cuando éste no es necesario para proseguir con la vida, como por ejemplo en el caso de una discrepancia ideológica entre, digamos, izquierdas y derechas, es frecuente no llegar a ningún punto de encuentro aunque, y eso es lo importante, no pasa nada.

Sin embargo, cuando el acuerdo es necesario para resolver un asunto que sí está afectando a nuestra vida (a qué colegio llevamos a los hijos, pongamos por caso) la discrepancia, es decir el desacuerdo desde la aceptación de la postura del otro, sí propicia el entendimiento.

Por el contrario, cuando estamos en una situación de conflicto, muy probablemente no resolveremos aquellas cuestiones que necesitamos resolver e, incluso, una discusión sobre el sexo de los ángeles, sin ninguna trascendencia, podría llegar a poner en riesgo una relación personal.

El conflicto se suele dar cuando un tema nos afecta de esa manera especial que nos desboca la rabia, la tristeza o el miedo si alguien nos lleva la contraria. Cuando, de alguna manera, apreciamos que se está poniendo en riesgo un valor o una creencia que sentimos muy íntimamente ligada a nuestra identidad. Es como si pensáramos que ese tema es sagrado y por ahí “no pasamos”.

En esas situaciones sucede que, en lugar de tener emociones, las emociones nos tiene a nosotros, nos poseen, lo que puede conllevar graves costes.

Una idea puede ayudarnos en estos casos: aceptar no significa traicionarse a uno mismo ni implica cambiar de opinión. Podemos mantener nuestra opinión y aceptar la contraría al mismo tiempo. Esto puede parecer muy obvio, pero lo perdemos de vista más a menudo de lo que nos pensamos.

Otra ayuda posible: preguntarnos ¿qué narices me pasa con este tema?, ¿qué pistas sobre mí me da el hecho de que este asunto me desboque tanto las emociones?, ¿qué estoy rechazando con tanta virulencia?, ¿poniendo en mi vida una pizca de eso que rechazo podría lograr algo? Por ejemplo, ¿quizás rechazo con una rabia extrema la vagancia y, al mismo tiempo, estoy necesitando un espacio de calma y desconexión?

En el ámbito de los ideales sociales suele suceder que nos gustaría que, en un tema concreto, todo el mundo compartiera nuestra forma de ver las cosas. Podemos pensar que “si todo el mundo fuera feminista de la manera que yo entiendo el feminismo, el mundo sería mucho mejor” y “me da rabia que haya tanta gente que no lo vea ¡con lo claro que está para mí!”.

Hay muchas personas muy comprometidas con una idea, que trabajan muchísimo para llevarla a la práctica, que la defienden y discrepan con otros con toda su pasión y que, sin embargo, aceptan al otro. Consiguen debatir sin entrar en conflicto, expresan las emociones que tienen sin ser poseídos por esas emociones. Ponen conciencia sobre ellas. Están dispuestas a encontrar la manera de enriquecerse de la opinión del otro y, fíjate tú, incluso a cambiar de opinión.

La discrepancia nos permite ser fieles a nosotros mismos, legitimar los que pensamos y sentimos y, al mismo tiempo, legitimar lo que piensa y siente el otro. Nos permite ser, a la vez, firmes y tiernos. Nos permite aprender y cambiar. La discrepancia cuida de nosotros y de nuestras relaciones. Viva la discrepancia.

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Liderar empieza por uno mismo

liderazgo

LiderarseCuando te pones delante de un grupo para compartir una jornada de liderazgo, no puedes por menos que sentir una responsabilidad que va más allá del mero hecho de facilitar una formación.

¿Liderar a un equipo? Sí, cuando pensamos en liderar, pensamos en alguien que se pone “delante” de un equipo para que juntos, y de manera comprometida, vayan en una misma dirección y sentido hacia el reto que se proponen alcanzar.

Y digo yo, para liderar a otros hay un paso previo: liderarse a uno mismo.

Así que aquí me tenéis, en una fiesta de cumpleaños a la que habían invitado a mi hija, con los arneses puestos y la formación en “pongo mosquetón, cambio mosquetón de cable” hecha, dispuesta a alcanzar el reto de pasar las 20 pruebas lo mejor posible en un circuito de “tirolinas”, cables y demás aventuras.

Y estando colgada por las alturas, viendo la mejor manera de pasar cada una de las pruebas, me venía a la mente el taller de liderazgo.

Porque no habría podido llegar al final sin haber observado la prueba que tenía por delante, sin haber escuchado y sentido las propias capacidades y las instrucciones del monitor, sin aceptar y agradecer lo que otro “papá loco como yo” me sugería cuando mi cara era de “¿y ahora con este cable que hago?, sin haber puesto mi puntito de miedo al servicio de “primero un mosquetón y después el otro para estar siempre asegurada” y mi espíritu de superación al servicio de disfrutar de cada una de las pruebas; sin saberme vulnerable y pedir ayuda en momentos de ofuscación, sin tantas y tantas competencias que pocos días atrás había co-facilitado con mi compañera y compartido con aquel equipo de líderes que se había puesto en nuestras manos sin saber, a priori, si había red de sostén.

Con toda esta responsabilidad, respeto y disfrute, viví intensamente las dos experiencias, la de facilitar la jornada de liderazgo y la de cómo liderarme a mí misma.

Y no quiero acabar esta reflexión sin agradecer (también tarea del líder) a Marta y a Oriol la oportunidad de enfrascarme en este reto, a los demás papás de la fiesta por animarme y motivarme y estar al cuidado de mi hija mientras ella pasaba sus pruebas, a Emma y Marina por ser ejemplo de superación y alegría en su pre-adolescencia y a Espe, en particular, por dejarme las zapatillas de deporte.