Él me ofende, él se ofende.

Conflicto, Cooperar, emociones

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El desgaste o la ruptura de una relación se produce a menudo debido a las ofensas: palabras, acciones u omisiones que nos tomamos como un desprecio o un ataque.

Comparto a continuación unas creencias sobre las ofensas que quizás pueden ayudarnos a gestionarlas mejor:

Todos tenemos derecho a ofendernos.

Escucho muchas discusiones sobre a si una cosa es motivo de ofensa o si, por el contrario “no había para tanto”. Lo cierto es que las ofensas se producen cuando alguien percibe atacado algo que considera muy importante, un valor con el que siente un gran vínculo (hay muchísimos: dignidad, amistad, sinceridad, puntualidad, libertad…). Pero la importancia que cada uno le da a un valor es diferente, y las formas en las que cada uno lo considera atacado también.

Para uno el valor de la puntualidad puede ser importantísimo y para otro no. Para uno llegar 15 minutos tarde es una ofensa y para otro está dentro de un margen razonable.

En realidad, si una cosa es o no motivo de ofensa solo lo pude saber el que se ofende, nadie más. En todo caso, desde fuera, podemos decidir si, en su lugar, también nos ofenderíamos.

La creencia “todos tenemos derecho a ofendernos” nos ayudará a no perder  tiempo y energía en discutir sobre la legitimidad de los enfados para, en cambio, dedicarlo a llegar a acuerdos sobre cómo podemos actuar en el futuro para que todos nos sintamos a gusto.

Lo que parece que nos ofende es un estímulo, no una causa.

Como ante un mismo hecho uno se ofende y otro no, el hecho en sí es un estímulo pero no la causa de la ofensa. Si fuera así, siempre que se produce ese hecho habría automáticamente ofensa, y no es así. La idea es que la ofensa se produce en la subjetividad, no es objetiva.

Esta creencia: “lo que me ofende es un estímulo, no la causa” nos da poder y nos libera. Nuestras emociones dejan de estar a merced de las acciones del otro. Pasamos a ser dueños de lo que sentimos y de lo que hacemos. Nos permite hacernos preguntas como ¿puedo encajar este estímulo una manera más útil para mis intereses? ¿puedo hacer cosas para sentirme mejor? ¿y para mejorar la relación con el otro? ¿hacerle una petición a él? ¿hacérmela a mí?

El yo, mejor con el me. El tú, mejor con el te y así sucesivamente.

El lenguaje no es inocente y, a menudo, instala, con una sutilidad casi invisible, formas de pensar de enormes consecuencias. El otro día una persona me decía “ese tío no para de ofenderme y luego, por un pequeño comentario que hice, se ofendió”

Esta es una trampita que nos hacemos todos más a menudo de lo que nos pensamos: él ME ofende pero él SE ofende.

Lo que yo propongo es que nos hagamos cada uno responsable de nuestras ofensas: él SE ofende y yo ME ofendo.

La culpa es irrelevante. La comprensión, de uno mismo y el otro, lo es todo.

Si hombre, ahora va a resultar que si me enfado por una ofensa la culpa es mía

Estamos tan entrenados en identificar culpables que se nos dispara la maquinita de culpabilización casi sin darnos cuenta. La culpa, la culpa ¿de quién es? sobre todo, identifiquemos al culpable y, hasta entonces, todo lo demás “quieto parao”

Quizás es más útil hacerlo al revés, dejar “quieto parao” el juicio sumarísimo sobre quién tiene la culpa y dedicar esos esfuerzos a comprender al otro (cuáles son sus valores, qué hechos le hacen percibir que se están violentando esos valores) comprenderse a uno mismo (cuáles son mis valores, cuándo los veo amenazados) y comprendernos como conjunto, como equipo (a qué compromisos podemos llegar para que, en el futuro, los dos nos sintamos, al mismo tiempo, alineados cada uno con nuestros valores)

CONCLUSIÓN: La responsabilidad no es una carga, es una liberación y un súper-poder.

Podemos ponernos a comprender al otro cuando nos hacemos responsables de nuestros propios sentimientos, difícilmente antes.

Así pues, pasemos de la culpa, pero no pasemos de la responsabilidad. Y no, no es un simple cambio de nombre para hablar de lo mismo. La culpa, tanto si se le echa al otro como si uno se la echa a sí mismo, es un peso, una carga de resentimiento que tiende a etiquetar al otro o a uno mismo como “mala persona”.

La responsabilidad, en cambio, si uno se hace cargo de ella, es un impulso. Nos permite decir “ok, estoy enfadado, yo tengo la responsabilidad (= libertad + súper-poder) de gestionar este enfado, usarlo para, por ejemplo, hacer una petición para, al fin y al cabo, VIVIR MEJOR”.

El otro no es culpable de lo que sentimos porque lo único que ha hecho es servirnos un estímulo.

Nosotros no somos culpables de lo que sentimos porque lo que sentimos es legítimo.

El otro no es responsable de lo que sentimos porque no puede hacer nada con ello, pues somos nosotros quien lo sentimos, no él.

Nosotros somos responsables de lo que sentimos porque podemos gestionarlo, cogerlo por las riendas y hacer cosas con ello, cosas que nos procuren bienestar.

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