eWoman Valencia. La Confianza.

confianza, Taller

 

Este jueves Different Coaches tuvimos la suerte de participar en eWoman Valencia, donde pudimos escuchar en primera persona los inspiradores ejemplos de mujeres que destacan por su exitosa trayectoria profesional.

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En este contexto de inspiración nos propusimos, para nuestra intervención, mirar al futuro y hacer participar a todas los asistentes en la co-creación de la biografía de la mujer de éxito en el siglo XXI, y lo hicimos sobre esta premisa: el motor del éxito está en los Valores.

Gracias a la generosa contribución de todas las personas que asistieron descubrimos que, para ellas, los valores más importantes para el éxito de

la mujer en el futuro son: la seguridad, el equilibrio, la armonía y, sobre todo, y con mucha diferencia, la confianza.

Nos parece muy interesante y revelador que la confianza haya sido el valor escogido como el más importante, pues no es sólo un valor, es un súper-valor poderosísimo, capaz de activar lo mejor de nosotros mismos y lo mejor de las personas a nuestro alrededor.

La confianza en uno mismo nos permite poner en marcha nuestros proyectos, creer en nuestras ideas, impulsa nuestra autoestima, nos ayuda a permitirnos equivocarnos, a decir no cuando queremos decir no y sí cuando queremos decir sí, nos permite ser generosos y optimistas. Es el valor que necesitamos para estar bien con nosotros mismos.

La confianza en los demás nos permite establecer relaciones sanas, escapar de la necesidad de control, dar espacio para que las personas con las que vivimos y trabajamos se sientan valoradas, motivadas y aporten sus ideas y sus recursos. Es el valor que necesitamos para estar bien con los demás.

La confianza mutua nos permite establecer acuerdos, crear relaciones, formar equipos y gestionar los conflictos cuando nacen. Es el valor que nos permite llevar adelante proyectos colectivos.

Si no confiamos en nosotros mismo, da igual nuestro talento y habilidades, seremos capaces de muy poquitas cosas. Si no confiamos en los demás, da igual nuestro talento y habilidades, pues estaremos solos.

Pero ¿cómo construir confianza? Traer la confianza a nuestra vida pasa por emitir un triple juicio:

  • Juicio de sinceridad: Para que exista la confianza en otro o en uno mismo es necesario creer que el otro está siendo sincero, o que yo estoy siendo sincero conmigo mismo. No podemos confiar si no podemos emitir el juicio: yo soy sincero / él es sincero.
  • Juicio de competencia: Para que aparezca la confianza debemos entender que el otro sabe y puede hacer aquello a lo que se ha comprometido, o pensar que nosotros somos capaces de hacer aquello que nos gustaría hacer. No hay confianza si no podemos decir: yo soy capaz / él es capaz.
  • Juicio de credibilidad: Para confiar necesitamos que no existan precedentes que nos digan que alguien, pese a ser sincero y capaz, no cumple con sus compromisos, ya sea ese alguien otro o nosotros mismos. No hay confianza si no existe un juicio de credibilidad: yo cumplo lo que prometo / él cumple lo que promete.

En resumen, confío en alguien cuando juzgo que:  dice lo que piensa, sabe hacerlo y lo hace.

Si con otra persona o conmigo mismo está fallando la confianza es porque uno o varios de estos tres fundamentos están fallando.

Se impone, en ese caso:

  • Activar un mecanismo de reparación que puede pasar por la creación de un marco de seguridad en el que podamos ser sinceros.
  • Dotarnos de un espacio de aprendizaje que permita incrementar conocimientos y habilidades.
  • Concedernos el tiempo suficiente para crear los precedentes necesarios para recuperar la credibilidad.

Los asistentes al Ewoman en Valencia nos dijeron, creemos que con gran acierto, que el éxito de la mujer en el siglo XXI pasa por la confianza en una misma y en los demás. Pongámonos a ello.

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Él me ofende, él se ofende.

Conflicto, Cooperar, emociones

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El desgaste o la ruptura de una relación se produce a menudo debido a las ofensas: palabras, acciones u omisiones que nos tomamos como un desprecio o un ataque.

Comparto a continuación unas creencias sobre las ofensas que quizás pueden ayudarnos a gestionarlas mejor:

Todos tenemos derecho a ofendernos.

Escucho muchas discusiones sobre a si una cosa es motivo de ofensa o si, por el contrario “no había para tanto”. Lo cierto es que las ofensas se producen cuando alguien percibe atacado algo que considera muy importante, un valor con el que siente un gran vínculo (hay muchísimos: dignidad, amistad, sinceridad, puntualidad, libertad…). Pero la importancia que cada uno le da a un valor es diferente, y las formas en las que cada uno lo considera atacado también.

Para uno el valor de la puntualidad puede ser importantísimo y para otro no. Para uno llegar 15 minutos tarde es una ofensa y para otro está dentro de un margen razonable.

En realidad, si una cosa es o no motivo de ofensa solo lo pude saber el que se ofende, nadie más. En todo caso, desde fuera, podemos decidir si, en su lugar, también nos ofenderíamos.

La creencia “todos tenemos derecho a ofendernos” nos ayudará a no perder  tiempo y energía en discutir sobre la legitimidad de los enfados para, en cambio, dedicarlo a llegar a acuerdos sobre cómo podemos actuar en el futuro para que todos nos sintamos a gusto.

Lo que parece que nos ofende es un estímulo, no una causa.

Como ante un mismo hecho uno se ofende y otro no, el hecho en sí es un estímulo pero no la causa de la ofensa. Si fuera así, siempre que se produce ese hecho habría automáticamente ofensa, y no es así. La idea es que la ofensa se produce en la subjetividad, no es objetiva.

Esta creencia: “lo que me ofende es un estímulo, no la causa” nos da poder y nos libera. Nuestras emociones dejan de estar a merced de las acciones del otro. Pasamos a ser dueños de lo que sentimos y de lo que hacemos. Nos permite hacernos preguntas como ¿puedo encajar este estímulo una manera más útil para mis intereses? ¿puedo hacer cosas para sentirme mejor? ¿y para mejorar la relación con el otro? ¿hacerle una petición a él? ¿hacérmela a mí?

El yo, mejor con el me. El tú, mejor con el te y así sucesivamente.

El lenguaje no es inocente y, a menudo, instala, con una sutilidad casi invisible, formas de pensar de enormes consecuencias. El otro día una persona me decía “ese tío no para de ofenderme y luego, por un pequeño comentario que hice, se ofendió”

Esta es una trampita que nos hacemos todos más a menudo de lo que nos pensamos: él ME ofende pero él SE ofende.

Lo que yo propongo es que nos hagamos cada uno responsable de nuestras ofensas: él SE ofende y yo ME ofendo.

La culpa es irrelevante. La comprensión, de uno mismo y el otro, lo es todo.

Si hombre, ahora va a resultar que si me enfado por una ofensa la culpa es mía

Estamos tan entrenados en identificar culpables que se nos dispara la maquinita de culpabilización casi sin darnos cuenta. La culpa, la culpa ¿de quién es? sobre todo, identifiquemos al culpable y, hasta entonces, todo lo demás “quieto parao”

Quizás es más útil hacerlo al revés, dejar “quieto parao” el juicio sumarísimo sobre quién tiene la culpa y dedicar esos esfuerzos a comprender al otro (cuáles son sus valores, qué hechos le hacen percibir que se están violentando esos valores) comprenderse a uno mismo (cuáles son mis valores, cuándo los veo amenazados) y comprendernos como conjunto, como equipo (a qué compromisos podemos llegar para que, en el futuro, los dos nos sintamos, al mismo tiempo, alineados cada uno con nuestros valores)

CONCLUSIÓN: La responsabilidad no es una carga, es una liberación y un súper-poder.

Podemos ponernos a comprender al otro cuando nos hacemos responsables de nuestros propios sentimientos, difícilmente antes.

Así pues, pasemos de la culpa, pero no pasemos de la responsabilidad. Y no, no es un simple cambio de nombre para hablar de lo mismo. La culpa, tanto si se le echa al otro como si uno se la echa a sí mismo, es un peso, una carga de resentimiento que tiende a etiquetar al otro o a uno mismo como “mala persona”.

La responsabilidad, en cambio, si uno se hace cargo de ella, es un impulso. Nos permite decir “ok, estoy enfadado, yo tengo la responsabilidad (= libertad + súper-poder) de gestionar este enfado, usarlo para, por ejemplo, hacer una petición para, al fin y al cabo, VIVIR MEJOR”.

El otro no es culpable de lo que sentimos porque lo único que ha hecho es servirnos un estímulo.

Nosotros no somos culpables de lo que sentimos porque lo que sentimos es legítimo.

El otro no es responsable de lo que sentimos porque no puede hacer nada con ello, pues somos nosotros quien lo sentimos, no él.

Nosotros somos responsables de lo que sentimos porque podemos gestionarlo, cogerlo por las riendas y hacer cosas con ello, cosas que nos procuren bienestar.

¡Viva la discrepancia!

Conflicto, Cooperar, emociones

No es lo mismo discrepancia que conflicto. La discrepancia es una situación en la que dos personas pueden proponer maneras diferentes de ver un asunto, exponer sus argumentos y expresar sus emociones desde la aceptación de que la postura del otro existe y tiene derecho a existir. En una situación de conflicto, en cambio, la opiniones diferentes se consideran inaceptables.

La discrepancia no tiene por qué llevar necesariamente al acuerdo. Normalmente, cuando éste no es necesario para proseguir con la vida, como por ejemplo en el caso de una discrepancia ideológica entre, digamos, izquierdas y derechas, es frecuente no llegar a ningún punto de encuentro aunque, y eso es lo importante, no pasa nada.

Sin embargo, cuando el acuerdo es necesario para resolver un asunto que sí está afectando a nuestra vida (a qué colegio llevamos a los hijos, pongamos por caso) la discrepancia, es decir el desacuerdo desde la aceptación de la postura del otro, sí propicia el entendimiento.

Por el contrario, cuando estamos en una situación de conflicto, muy probablemente no resolveremos aquellas cuestiones que necesitamos resolver e, incluso, una discusión sobre el sexo de los ángeles, sin ninguna trascendencia, podría llegar a poner en riesgo una relación personal.

El conflicto se suele dar cuando un tema nos afecta de esa manera especial que nos desboca la rabia, la tristeza o el miedo si alguien nos lleva la contraria. Cuando, de alguna manera, apreciamos que se está poniendo en riesgo un valor o una creencia que sentimos muy íntimamente ligada a nuestra identidad. Es como si pensáramos que ese tema es sagrado y por ahí “no pasamos”.

En esas situaciones sucede que, en lugar de tener emociones, las emociones nos tiene a nosotros, nos poseen, lo que puede conllevar graves costes.

Una idea puede ayudarnos en estos casos: aceptar no significa traicionarse a uno mismo ni implica cambiar de opinión. Podemos mantener nuestra opinión y aceptar la contraría al mismo tiempo. Esto puede parecer muy obvio, pero lo perdemos de vista más a menudo de lo que nos pensamos.

Otra ayuda posible: preguntarnos ¿qué narices me pasa con este tema?, ¿qué pistas sobre mí me da el hecho de que este asunto me desboque tanto las emociones?, ¿qué estoy rechazando con tanta virulencia?, ¿poniendo en mi vida una pizca de eso que rechazo podría lograr algo? Por ejemplo, ¿quizás rechazo con una rabia extrema la vagancia y, al mismo tiempo, estoy necesitando un espacio de calma y desconexión?

En el ámbito de los ideales sociales suele suceder que nos gustaría que, en un tema concreto, todo el mundo compartiera nuestra forma de ver las cosas. Podemos pensar que “si todo el mundo fuera feminista de la manera que yo entiendo el feminismo, el mundo sería mucho mejor” y “me da rabia que haya tanta gente que no lo vea ¡con lo claro que está para mí!”.

Hay muchas personas muy comprometidas con una idea, que trabajan muchísimo para llevarla a la práctica, que la defienden y discrepan con otros con toda su pasión y que, sin embargo, aceptan al otro. Consiguen debatir sin entrar en conflicto, expresan las emociones que tienen sin ser poseídos por esas emociones. Ponen conciencia sobre ellas. Están dispuestas a encontrar la manera de enriquecerse de la opinión del otro y, fíjate tú, incluso a cambiar de opinión.

La discrepancia nos permite ser fieles a nosotros mismos, legitimar los que pensamos y sentimos y, al mismo tiempo, legitimar lo que piensa y siente el otro. Nos permite ser, a la vez, firmes y tiernos. Nos permite aprender y cambiar. La discrepancia cuida de nosotros y de nuestras relaciones. Viva la discrepancia.

Liderar empieza por uno mismo

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LiderarseCuando te pones delante de un grupo para compartir una jornada de liderazgo, no puedes por menos que sentir una responsabilidad que va más allá del mero hecho de facilitar una formación.

¿Liderar a un equipo? Sí, cuando pensamos en liderar, pensamos en alguien que se pone “delante” de un equipo para que juntos, y de manera comprometida, vayan en una misma dirección y sentido hacia el reto que se proponen alcanzar.

Y digo yo, para liderar a otros hay un paso previo: liderarse a uno mismo.

Así que aquí me tenéis, en una fiesta de cumpleaños a la que habían invitado a mi hija, con los arneses puestos y la formación en “pongo mosquetón, cambio mosquetón de cable” hecha, dispuesta a alcanzar el reto de pasar las 20 pruebas lo mejor posible en un circuito de “tirolinas”, cables y demás aventuras.

Y estando colgada por las alturas, viendo la mejor manera de pasar cada una de las pruebas, me venía a la mente el taller de liderazgo.

Porque no habría podido llegar al final sin haber observado la prueba que tenía por delante, sin haber escuchado y sentido las propias capacidades y las instrucciones del monitor, sin aceptar y agradecer lo que otro “papá loco como yo” me sugería cuando mi cara era de “¿y ahora con este cable que hago?, sin haber puesto mi puntito de miedo al servicio de “primero un mosquetón y después el otro para estar siempre asegurada” y mi espíritu de superación al servicio de disfrutar de cada una de las pruebas; sin saberme vulnerable y pedir ayuda en momentos de ofuscación, sin tantas y tantas competencias que pocos días atrás había co-facilitado con mi compañera y compartido con aquel equipo de líderes que se había puesto en nuestras manos sin saber, a priori, si había red de sostén.

Con toda esta responsabilidad, respeto y disfrute, viví intensamente las dos experiencias, la de facilitar la jornada de liderazgo y la de cómo liderarme a mí misma.

Y no quiero acabar esta reflexión sin agradecer (también tarea del líder) a Marta y a Oriol la oportunidad de enfrascarme en este reto, a los demás papás de la fiesta por animarme y motivarme y estar al cuidado de mi hija mientras ella pasaba sus pruebas, a Emma y Marina por ser ejemplo de superación y alegría en su pre-adolescencia y a Espe, en particular, por dejarme las zapatillas de deporte.

¿Cómo puede ser? (El cuento de nuestras expectativas)

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Cuento2
“Deberías saber porque estoy sufriendo”, pensaba la Sra. Expectativa. Ahí sentada al pie del árbol le pasaban las horas y su cabecita no paraba de darle vueltas a sus obviedades. Como el remolino de hojas que tenía a sus pies, así eran sus pensamientos. Daban vueltas y más vueltas. Se juntaban a ellos el resentimiento y la frustración. Y se repetía “¿Cómo puede ser que no lo vean?”

Y ella, la Sra. Expectativa, seguía ahí sentada en el suelo hecha un ovillo. Con un mar de lágrimas de impotencia bajando por sus mejillas.

Tan absorta estaba en su bucle de pensamientos, que no oyó que detrás de ella se movían unas ramas.

“¿Qué te pasa pequeña?”, de entre los árboles había aparecido el Sr. Compromiso. Y ahí, delante de ella, esperaba paciente a que se enderezara. Tenía los ojos tan llenos de lágrimas que casi no le veía.

“¿Quién eres?”- le preguntó.
“Soy tu amigo, el Sr. Compromiso”- contestó él.
“Y, ¿qué quieres?”- le dijo con la rabia típica de la impotencia.
“Querer, querer…”, dudó de si quería algo por unos momentos y enseguida, le planteó una petición. “Me gustaría que ahora mismo te levantaras, te lavaras la cara en este riachuelo y vinieras conmigo a pasear para contarte una historia. ¿Aceptas?”- le formuló él con gran naturalidad.

La Sra. Expectativa se levantó sin mucho ánimo y con voz trémula aceptó la oferta. Así, se dispusieron a caminar tranquilamente.

“Cuando era pequeño, estaba permanentemente enfadado, con mis padres, mis hermanos y hasta con mi profesor del colegio. A mí no me gustaba jugar a la pelota en el parque a la hora del recreo. Y ellos se empeñaban en decirme que no podía estar sentado en un rincón cuando los demás estaban divirtiéndose de lo lindo.

Yo no entendía nada, me decían que jugar a la pelota era divertido. No podía creerme que ellos, como yo, no vieran los moratones en las piernas de mis compañeros incluso alguna pelea a la que yo no veía sentido. En mi cabecita daban vueltas y más vueltas estas imágenes y mi miedo era cada vez mayor.

Hasta que un día, a un niño le salió sangre de la nariz por un pelotazo.

Ese día decidí contarles a mis padres que yo no quería jugar a la pelota porque no quería hacerme daño. Esta era mi verdadera necesidad, proteger mi cuerpo. Cuando fui capaz de expresarlo, todos entendieron mi actitud en el parque. Y yo me sentí muy aliviado. Desde ese momento fui capaz de sacar las canicas de la bolsa y jugar con dos niños más en el arenal. Aquello sí me divertía!”

Así es como pasé del sufrimiento de no saber porque los demás no entendían mi actitud a expresar con franqueza cuales eran mis necesidades y también mis miedos.

“Entonces – empezó la Sra. Expectativa-, si yo les cuento a los demás qué es lo que me está preocupando, ¿podrán ayudarme?”

“Cuando lo que necesitas sólo está en tu cabecita, los demás no pueden saberlo y por tanto, no pueden hacer nada. Si lo compartes y pides, entonces tienen la oportunidad de hacer algo. Eso si, cuando pides es necesario que estés dispuesta a que te digan que no.”

Y en silencio, siguieron andando, la Sra. Expectativa pensando en como lo haría para ocuparse de sus necesidades e imaginando conversaciones en las que el sufrimiento y la preocupación iban desvaneciéndose, incluso si le decían que no… ¡Ya encontraría otra posibilidad!

 

Lo que tenemos

Autenticidad

cielo

En un homenaje que le rendían a Bigas Luna en televisión recordaban una de sus máximas, un frase o mantra que él solía repetir a menudo y que me encantó. Luego os cuento cual era pero,  antes, permitidme generar un poco de suspense y compartir con vosotros una reflexión.

Los coaches solemos invitar a poner foco en lo que tenemos y no solamente en lo que nos falta, equilibrar nuestra mirada.

Es importante, para llegar al lugar que nos proponemos, valorar cuánto camino nos queda, qué obstáculos podemos encontrarnos, y qué costes puede tener para nosotros el viaje.

Sí, todo eso es importante. Y también es importante mirar con qué recursos contamos y de qué valiosas capacidades disponemos. Atender a nuestro talento, apelar a nuestra autoestima, sentir la fuerza en nuestras piernas y la determinación en nuestra mirada (en coaching usamos el palabro “empoderamiento” para referirnos a esta disposición mental y emocional)

Y sí, el empoderamiento es muy importante. Y también es muy importante mirar alrededor y ver dónde estamos, qué belleza tiene este paraje en el que hemos tenido a bien pararnos a planear. Darnos cuenta del aquí y el ahora con plena conciencia, ver todas las cosas que nos rodean y cómo ellas puede ser, sí, motivo de disfrute.

Recapitulando:

-Meta clara y previsión.
-Confianza y autoestima.
-Y disfrute del presente.

Quizás después de hacer estas 3 cosas podemos decidir cómo nos ponemos en marcha si es que realmente queremos hacerlo.

Pues, quizás, al mirar con atención y autenticidad, decidimos que no, que estamos muy bien dónde estamos. Llegar a esa conclusión es, en sí mismo, un gran viaje. Puede parecerle a alguien que eso es conformismo, o resignación, pero el conformismo o la resignación es otra cosa muy distinta, con emociones muy diferentes (No suena para nada igual “esto es genial” que “es lo que hay” ¿verdad?)

Y es ahora cuando (¡tachán!) viene la máxima de Bigas Luna: “Desea lo que tienes”

Desea lo que tienes.

No solo “date cuenta” o “piensa en ello” o “valóralo”… ¡Deséalo! Activa el deseo por todas esas cosas que te dolería perder y que quizás estás dando por descontadas.

Al escucharlo pensé ¿Puede haber un propósito más ambicioso? ¿Puede haber un camino más ilusionante?

Pues las respuestas de un coach a estas pregunta son otras preguntas: ¿Puede haberlo para ti? ¿Sí? ¿No? ¿Qué camino te ilusiona? ¿Te pones a ello? ¿Te acompaño?

Sentir nuestro cuerpo, calmar nuestra mente. Movimiento, emoción, conciencia y acción.

Taller

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Las obligaciones, urgencias y modo de vida muchas veces hacen que no escuchemos a nuestro cuerpo.
En este taller, facilitado por Roxana Cabut y Different coaches, te proponemos conectar con tu cuerpo, tu vitalidad, tus sensaciones, tus emociones, es decir, con tu mundo interior.
El registro de tu cuerpo en movimiento y también en quietud, te ayudará a soltar tensiones, a abrir nuevos espacios que te permitirán sentir qué está vivo en ti. Podrás ver qué hay y qué falta para seguir, a posteriori, con tu crecimiento personal.
En el taller aprenderás a escuchar y comprender los mensajes que envía tu cuerpo, a alinearlos con tus pensamientos y que, así, cuerpo y mente trabajen juntos para ponerte en acción, superar barreras y alcanzar tus objetivos.
Trabajaremos en grupo apoyándonos y relacionándonos, desde el respeto hacia uno mismo y hacia los demás.
Y con sentido del humor, jugaremos para despertar nuestra creatividad y afianzar nuestro verdadero potencial.
Este taller está dirigido a todo el que quiera encontrar en su cuerpo la respuesta que le falta.

Indicaciones:

  • Ven con ropa cómoda que te permita libertad de movimientos.
  • Trae calcetines gordos y, si puede ser, antideslizantes.
  • Puedes traer una esterilla (tipo yoga) o una manta para el trabajo en el suelo y el relax.

Fecha: 27 de abril de 2017 de 19.00 a 21.00h
Lugar: Sant Hermenegild 30, Entl. 2ª (parada FFCC Pàdua o Pl. Molina/St. Gervasi)
Plazas: Máximo 12 personas
Precio: 20 € por persona.
Inscripciones: info@different-coaches.com

LOS LÍDERES, ¿MUESTRAN O DEMUESTRAN?

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Hay frases que te atrapan. Y te dan horas y horas de reflexión.

A mí me pasa a menudo. Claro! diréis, en una sesión de Coaching escuchas frases y frases dignas de reflexión. Sí, por supuesto, cada cliente trae infinitos regalos en forma de frase, de emoción y de pensamiento. Mi más profunda gratitud a tanto aprendizaje.

En este caso quiero compartir la reflexión acerca de una frase que no escuché en una sesión, si no en una conversación informal de amigos.

“He estado en unas jornadas demostrando mi liderazgo”.

Esta frase es la que me ha tenido atrapada y conmovida estos días.

Nos atrapa aquello que nos emociona, en este caso, me atrapó la tristeza que sentí al oírla.

De pronto me vino una imagen de competición en la que distintos “aprendices de líder” competían a ver quien ganaba en liderazgo y a la par, imaginé equipos de personas en las que su “líder” les demostraba cuan líder era, como si viese a un rey con sus vestimentas de terciopelo, en capas y más capas, y una corona dorada, pulcra y brillante, en lo alto de su cabeza sentado en un pedestal con los súbditos a una nivel inferior.

Sentí tristeza de ver que no se estaba dando cuenta de qué impacto podía tener esto en las personas de su alrededor, y a la vez ternura de poder mostrárselo como un espejo para que decidiera si quería demostrar o mostrar su liderazgo.

¿Qué hay detrás de querer demostrar algo a alguien?

Cuando algo necesita ser demostrado es que, de alguna manera, está en duda. La demostración nace, de alguna forma, de la inseguridad, de creencias como “no me valoran lo suficiente”, “me juego que dejen de valorarme”, “no me aprecian”, “no confían en mí” y, entonces, “debo demostrar que soy valioso, confiable”. Con la necesidad de ponerse en el escalón de arriba, para mirar hacia a bajo a los demás.

Y el líder, ¿es superior a los demás?

Pues una de las características que más definen a un líder, afortunadamente, es la humildad.

La humildad de no ser el que más sabe de todo, la humildad de ser vulnerable para poder estar al mismo nivel que los demás y equivocarse o acertar igual que todos, de regalar el espacio para que los demás decidan como llegar al objetivo que él mismo propone.

Cuando un líder muestra un sitio donde llegar, no manipula para que los demás se sientan obligados a ir por donde él dice, ni obliga. Lo comparte para que libremente los demás lo acojan como propio y caminen con las habilidades de cada uno al servicio del bien común.

Mostrar implica transparencia y espontaneidad, permite compartir una propuesta, sabiendo que es solo una más de las posibles, ni la única ni la mejor, con la fortaleza de la vulnerabilidad. Para así, poder escuchar y acoger otras y hasta construir una nueva con las propuestas de todos.

Mostrar se hace desde la autoestima y la plena aceptación de uno mismo.

Demostrar lleva tatuado el sello del ego, el ego que se alimenta de excesos y déficits, el que cree que su mundo es el mundo.

CODO CON CODO O A CODAZOS

Sin categoría

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Hace millones de años, la humanidad vivía en un mundo de escasez donde para ganar uno, el otro debía perder. Si cazaba yo el animal, no lo cazabas tú, y viceversa. Se vivía en la lucha y el estrés. En el cuerpo reinaba la testosterona, hormona de la agresividad e impulsividad, la que nos lleva a conseguir las cosas a codazos.

Y este paradigma ha venido acompañándonos hasta nuestros días.

Entonces, ¿dónde se produce el cambio? Según la neurociencia (y comparto su opinión), el cambio se produce cuando somos capaces de darnos cuenta de que estamos en la era de la abundancia y de que si visualizamos nuestro entorno así, podremos hacer que lo que fluya por nuestro cuerpo sea la oxitocina, hormona que se libera con el contacto físico y social, es decir cuando en lugar de competir, cooperamos.

Sería como utilizar la preposición con en lugar de utilizar contra.

Beneficios de cooperar:

  • Permite compartir, nadie pierde, todos podemos ganar.
  • Fortalece la autoconfianza.
  • Disminuye el estrés.
  • Promueve la generosidad (la de dar y la de recibir).
  • Crea vínculos y aumenta la empatía.
  • Permite crear sinergias y hacer que uno más uno sea mayor que dos.
  • Da sentido de pertenencia y sensación de respaldo.

Este cambio, siendo bonito, no está libre de esfuerzo. El esfuerzo de hacer, pensar y sentir las cosas de forma diferente.

¿Te apuntas al reto de cooperar codo con codo? ¿Estás dispuesto a hacerlo aunque suponga un esfuerzo?

Si cada uno de nosotros pone su pequeño empeño en construir este nuevo paradigma, estoy segura de que lo lograremos. Y de que esto será como tirar una piedra al río y ver como las ondas se expanden cada vez más.

La parte por el todo: la eterna insatisfacción.

Autoestima

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Recientemente, en algunas conversaciones con personas de ámbitos muy distintos estoy observando un denominador común: coger la parte (la “negativa”) por el todo y no estar viendo el resto.

¿Para qué fijarse sólo en la parte “negativa”?

Seguramente podríamos pensar en ideas como “los resultados se logran cuando te castigas”, “no debemos creernos que somos buenos”, “el exceso de complacencia te lleva a no mejorar”, una serie de creencias que nos parece que justifican el que estemos viviendo las situaciones así.

La cuestión es que cuando escucho estos relatos, estoy escuchando mucho sufrimiento e insatisfacción.

Por ejemplo, alguno seguro que recuerda salir de un examen y sólo darle importancia a la pregunta que no había contestado bien. Y el malestar que sentía, sin darse cuenta de que de 10 preguntas sólo se estaba fijando en aquélla. Y lo mal que lo pasaba, aún cuando en el examen se obtendría una nota nada despreciable. Se le estaba dando toda la atención a un error y se estaba despreciando el resto, los 9 aciertos.

Poner foco en la parte en lugar de ver el todo, es una estrategia que lleva a un lugar de insatisfacción y sufrimiento, en lugar de llevar a un lugar de disfrute y celebración. ¿Quién no celebraría un 9 sobre 10?

Si aprendemos a darle importancia al todo, incluyendo errores y aciertos, seguramente nos daremos más oportunidad de celebrar y de disfrutar ambas cosas. Porque ambas nos sirven para seguir creciendo y mejorando, mantener nuestra autoestima y ser más ecuánimes con nosotros mismos y con los demás.

¿Qué estrategia utilizas tú para mantener tu autoestima a un nivel óptimo?

¿Te permites y mereces disfrutar de tus aciertos y de tus errores?

¿Cómo vives los errores de los demás? ¿Y sus aciertos?