¿Cómo puede ser? (El cuento de nuestras expectativas)

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“Deberías saber porque estoy sufriendo”, pensaba la Sra. Expectativa. Ahí sentada al pie del árbol le pasaban las horas y su cabecita no paraba de darle vueltas a sus obviedades. Como el remolino de hojas que tenía a sus pies, así eran sus pensamientos. Daban vueltas y más vueltas. Se juntaban a ellos el resentimiento y la frustración. Y se repetía “¿Cómo puede ser que no lo vean?”

Y ella, la Sra. Expectativa, seguía ahí sentada en el suelo hecha un ovillo. Con un mar de lágrimas de impotencia bajando por sus mejillas.

Tan absorta estaba en su bucle de pensamientos, que no oyó que detrás de ella se movían unas ramas.

“¿Qué te pasa pequeña?”, de entre los árboles había aparecido el Sr. Compromiso. Y ahí, delante de ella, esperaba paciente a que se enderezara. Tenía los ojos tan llenos de lágrimas que casi no le veía.

“¿Quién eres?”- le preguntó.
“Soy tu amigo, el Sr. Compromiso”- contestó él.
“Y, ¿qué quieres?”- le dijo con la rabia típica de la impotencia.
“Querer, querer…”, dudó de si quería algo por unos momentos y enseguida, le planteó una petición. “Me gustaría que ahora mismo te levantaras, te lavaras la cara en este riachuelo y vinieras conmigo a pasear para contarte una historia. ¿Aceptas?”- le formuló él con gran naturalidad.

La Sra. Expectativa se levantó sin mucho ánimo y con voz trémula aceptó la oferta. Así, se dispusieron a caminar tranquilamente.

“Cuando era pequeño, estaba permanentemente enfadado, con mis padres, mis hermanos y hasta con mi profesor del colegio. A mí no me gustaba jugar a la pelota en el parque a la hora del recreo. Y ellos se empeñaban en decirme que no podía estar sentado en un rincón cuando los demás estaban divirtiéndose de lo lindo.

Yo no entendía nada, me decían que jugar a la pelota era divertido. No podía creerme que ellos, como yo, no vieran los moratones en las piernas de mis compañeros incluso alguna pelea a la que yo no veía sentido. En mi cabecita daban vueltas y más vueltas estas imágenes y mi miedo era cada vez mayor.

Hasta que un día, a un niño le salió sangre de la nariz por un pelotazo.

Ese día decidí contarles a mis padres que yo no quería jugar a la pelota porque no quería hacerme daño. Esta era mi verdadera necesidad, proteger mi cuerpo. Cuando fui capaz de expresarlo, todos entendieron mi actitud en el parque. Y yo me sentí muy aliviado. Desde ese momento fui capaz de sacar las canicas de la bolsa y jugar con dos niños más en el arenal. Aquello sí me divertía!”

Así es como pasé del sufrimiento de no saber porque los demás no entendían mi actitud a expresar con franqueza cuales eran mis necesidades y también mis miedos.

“Entonces – empezó la Sra. Expectativa-, si yo les cuento a los demás qué es lo que me está preocupando, ¿podrán ayudarme?”

“Cuando lo que necesitas sólo está en tu cabecita, los demás no pueden saberlo y por tanto, no pueden hacer nada. Si lo compartes y pides, entonces tienen la oportunidad de hacer algo. Eso si, cuando pides es necesario que estés dispuesta a que te digan que no.”

Y en silencio, siguieron andando, la Sra. Expectativa pensando en como lo haría para ocuparse de sus necesidades e imaginando conversaciones en las que el sufrimiento y la preocupación iban desvaneciéndose, incluso si le decían que no… ¡Ya encontraría otra posibilidad!

 

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CODO CON CODO O A CODAZOS

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Hace millones de años, la humanidad vivía en un mundo de escasez donde para ganar uno, el otro debía perder. Si cazaba yo el animal, no lo cazabas tú, y viceversa. Se vivía en la lucha y el estrés. En el cuerpo reinaba la testosterona, hormona de la agresividad e impulsividad, la que nos lleva a conseguir las cosas a codazos.

Y este paradigma ha venido acompañándonos hasta nuestros días.

Entonces, ¿dónde se produce el cambio? Según la neurociencia (y comparto su opinión), el cambio se produce cuando somos capaces de darnos cuenta de que estamos en la era de la abundancia y de que si visualizamos nuestro entorno así, podremos hacer que lo que fluya por nuestro cuerpo sea la oxitocina, hormona que se libera con el contacto físico y social, es decir cuando en lugar de competir, cooperamos.

Sería como utilizar la preposición con en lugar de utilizar contra.

Beneficios de cooperar:

  • Permite compartir, nadie pierde, todos podemos ganar.
  • Fortalece la autoconfianza.
  • Disminuye el estrés.
  • Promueve la generosidad (la de dar y la de recibir).
  • Crea vínculos y aumenta la empatía.
  • Permite crear sinergias y hacer que uno más uno sea mayor que dos.
  • Da sentido de pertenencia y sensación de respaldo.

Este cambio, siendo bonito, no está libre de esfuerzo. El esfuerzo de hacer, pensar y sentir las cosas de forma diferente.

¿Te apuntas al reto de cooperar codo con codo? ¿Estás dispuesto a hacerlo aunque suponga un esfuerzo?

Si cada uno de nosotros pone su pequeño empeño en construir este nuevo paradigma, estoy segura de que lo lograremos. Y de que esto será como tirar una piedra al río y ver como las ondas se expanden cada vez más.

METÁFORAS QUE AYUDAN A CONECTAR

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“Necesito volver a conectar con mi identidad, me siento vacía”.

Estas fueron las palabras que una clienta trajo al inicio de la sesión.

“¿Cómo sabrás que estás conectada con tu identidad?”

Y como si de un bote de cristal vacío se tratara, lo fue llenando de objetos. Para ella conectar con su identidad significaba hacer actividades físicas para ella misma (cuando salga a andar por la playa, cuando vaya a nadar, cuando salga del trabajo y me vaya a hacer yoga…) en las que encontraba bienestar.

Como si la identidad de cada uno se construyera haciendo y haciendo, ocupando nuestro tiempo para llenarnos de algo, sintiendo que estamos vacíos como el bote de cristal.

¿Qué ocurre cuando partimos del bote de cristal lleno en lugar de vacío y a partir de aquí decidimos conectar con su contenido?

Pues éste fue el cambio. Ver a su identidad (ergo, a ella misma) como un bote lleno en lugar de verse como un bote vacío.

“¿Y cómo sería si ésta fueras tú?”, le dije dibujándole un bote lleno de piedrecitas.

“Cuéntame que son cada una de estas piedrecitas para ti”.

¿Pensáis que me empezó a recitar las actividades físicas que se regalaba?

Su enumeración constó de una serie de compromisos, deseos, valores, emociones. Todo aquello de que constaba su identidad y que no estaba conectando con ello.

¡Claro, si yo ya estoy llena y no me estaba dando cuenta!

Identificarse con el “hacer” en lugar de con el “ser o estar siendo” (estar siendo permite darle más fluidez y movilidad al ser) le estaba alejando de ella misma, la hacía sentirse vacía y la estaba conectando con el mundo externo, a ese en el que se nos evalúa solo por las cosas que hacemos, sin valorar muchas veces aquello que estamos siendo en cada momento.

Esto le permitió hacer un paso más hacia su gran reto, que tenía que ver con su propio bienestar, y  si hacer (o no) actividades conectada consigo misma.

¿Personaje o persona?

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Para mí una de las cosas interesantes de las vacaciones son esas conversaciones en las que los temas se van sucediendo como por arte de magia sin un orden preestablecido y con todo el tiempo del mundo.
En una de estas conversaciones con mi hermana, apareció James Rhodes. Sin pensarlo empezamos a hablar de su bestseller titulado Instrumental.
Hablamos de la historia de este exitoso pianista y de cómo el género humano puede sorprendernos una y otra vez.

A medida que vamos evolucionando por la vida, con nuestras distintas facetas o roles vamos configurando un personaje (o varios) con los que interpretamos nuestra historia a través de las circunstancias y las escenas por las que vamos transitando.

Y también mediante estos personajes nos vamos relacionando con los demás y vamos hilando el entramado de relaciones que configura nuestra red social, que nos acompaña en nuestro caminar por el mundo.

Con algunos nos relacionamos como amigo/a, con otros como hermano/a, con otros como madre/padre, con otros como profesional y, así, hasta un sinfín de personajes posibles.

Todos estos personajes serían como las caracterizaciones de los actores.

Y los actores, ¿dónde están en este entramado? ¿Qué hay de la persona que se viste de cada uno de los personajes?

Cuando estamos con alguien, ¿con quién estamos, con la persona o con el personaje?

En el caso de James (permitidme la confianza), la persona que había detrás del exitoso pianista llevaba un dolor escondido, ese que gracias a Bach (el compositor) pudo revelar y con el que su mujer descubrió sus debilidades y le abandonó.

¿De quién se había enamorado su mujer, del exitoso pianista o de un marido que escondía un dolor antes inconfesable para él? ¿Del personaje o de la persona?

Sin duda, todos podemos llevar en nuestro interior creencias, experiencias, historias que no nos gustan y que nos impiden conseguir nuestra plenitud. Una mochila llena de dolores, de relaciones tormentosas, de culpas, de episodios que hubiéramos preferido no vivir. Se me antoja que a veces construimos personajes para esconder aquello de nuestra persona que no nos gusta o no queremos mostrar.

¿Cómo gestionamos todo esto? ¿Cómo conseguimos vaciar esta mochila y soltar lastre?

Cuando lo logramos, damos cabida a otras experiencias que nos permiten transitar por el mundo con mayor confort, mejor equipados y con más capacidad para avanzar.

Gracias James por haber sido tan valiente de compartir tu experiencia y gracias Noa por la inspiración.

¿A QUÉ DEDICAMOS EL TIEMPO?

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Todos sabemos que tenemos 24h al día, 7 días a la semana, 52 semanas al año y
unos 80 años de vida aproximadamente.

Y también sabemos y oímos frecuentemente: “no tengo tiempo para nada, la vida no me da para más…”

Y también sabemos que hay técnicas conocidas para clasificar nuestras tareas según su importancia o su urgencia, ¡cuántas veces habremos hecho el ejercicio!

Poder ver qué tareas no hace falta que hagamos, o no hace falta que hagamos nosotros, nos lleva a aprender a decir “no” o a delegar aquellas cosas que pueden hacer otros, quizás con nuestra supervisión.

También es útil descubrir que hay 3 facetas en nuestra vida en las que “hacemos cosas”, y me refiero a las facetas siguientes:

  • trabajo
  • relaciones
  • yo mismo/a

Son tres facetas que podemos poner en un triángulo y ver cual es el grado de equilibrio entre las tres, es decir qué tipo de triángulo se nos dibujaría.

Hay momentos en la vida en los que el desequilibrio es casi “obligatorio”: un trabajo nuevo, los hijos pequeños, una necesidad puntual de un amigo, etc.

Estos desequilibrios son momentáneos, finitos en el tiempo, tienen un principio y un final.

¿Qué pasa cuando el desequilibrio se instala en nuestra vida?

Lo primero que puede ser impactante es darnos cuenta de que usamos el tiempo de forma “desequilibrada” y esto puede ser fuente de pérdida de bienestar, de pérdida de efectividad, de pérdida de relaciones, etc.

Y “mira por donde” se va repitiendo la palabra pérdida, cuando lo que estamos haciendo es ocupar y ocupar el tiempo, en lugar de perderlo. ¡Ahí la paradoja!

¿En qué y cómo ocupamos nuestro tiempo? A cada uno le toca opinar sobre esto, sobre cuan equilátero es su triángulo y hacerlo de manera consciente.

¿Cuánto de mi tiempo dedico a mí?
¿Cuánto de mi tiempo dedico a las relaciones con los demás?
¿Cuánto de mi tiempo dedico al trabajo?

Y como última reflexión:

¿Qué coste tiene para mí este desequilibrio?
¿Qué cosas me están impidiendo equilibrar mis tiempos?
¿Qué voy a hacer para cambiarlas?

FEEDBACK: ¿POSITIVO-NEGATIVO? ¿BUENO-MALO?

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Pues hoy va de feedback

Os decía en el post anterior que me asombra el término feedback negativo y os cuento porqué.

Me parece que calificar el feedback según si es positivo o negativo, es verlo desde la óptica del bien y del mal, una óptica estrecha y sin muchas alternativas. Una óptica que limita el aprendizaje y el desarrollo, propio y ajeno.

Cuando doy feedback de algo que no me gusta (pidiéndole permiso al otro, claro!) y se lo digo mediante la fórmula “lo que a mí me pasa con esto que estás haciendo es…” estoy hablando de mí y no del otro.

Este enfoque ya es una revelación para muchos de nuestros clientes. Darte cuenta de que el feedback habla más del que lo da que del que lo recibe, permite poner énfasis en los propios sentimientos.

Al hablar de quién lo emite, además de permitir conocerle mejor, se puede sencillamente desechar si para el receptor no tiene sentido; o bien, si supone el descubrimiento de que alguna necesidad propia importante está en jaque, adoptar las medidas oportunas.

En el feedback nadie tiene razón, sólo se pone de manifiesto el sentir de otra persona, por lo que no se debería activar el recurso de justificarse, sino simplemente dar las gracias.

Silenciar un feedback supone quedarse con algo que, de alguna manera, no es propio.

Esto ya me lleva a pensar en que no estoy nada más que ofreciendo al otro una oportunidad de que escoja si éste es el efecto que quiere producir o no (al menos en mí) y a que lo pueda cambiar o no.

Esta oportunidad de cambio no la conoceríamos si no hubiéramos recibido un feedback.

¿Os parece que esto es negativo? A mí me parece, cuanto menos, generoso.

¿Qué pasaría si en las empresas pensáramos en que dar feedback no es ni positivo ni negativo si no más bien posibilitador para el desarrollo y el aprendizaje mutuo?

¿QUIÉN ESCOGE EL CAMINO DEL ÉXITO EN UN EQUIPO?

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Se nos podrían ocurrir varias respuestas, quizá el líder, quizá el integrante con más experiencia, quizá la empresa a la que pertenece el equipo…

Ayer hablando con el líder de un equipo directivo surgió una imagen muy bonita, a la vez que reveladora. Decía “yo tengo claro cual es el camino a seguir y le digo al resto del equipo, venid conmigo”. Lo hacía desde la pasión por lograr el objetivo y desde la convicción que era una manera de dar seguridad a su equipo.

La revelación se produjo cuando se dio cuenta de que este gesto, digamos generoso, de dar a los demás una posibilidad y hecho con la mejor de las intenciones, a su equipo no le funcionaba.

El entusiasmo del líder puede llevarle a querer tirar de las riendas para avanzar más rápidamente, olvidándose de escuchar aportaciones, por pequeñas que sean, que pueden marcar un cambio de rumbo, o reajustar la velocidad, o por qué no, cuestionar un pilar que hasta ahora había servido y ya no sirve.

Esto le permitió ver que si él iba donde ellos estaban (es decir, se colocaba a su mismo nivel y no desde la distancia del que ha llegado a un punto más avanzado), escuchándoles desde la empatía y la generosidad de recibir sus aportaciones, podían escoger más caminos que los que él estaba viendo solo. Y además, le liberó de una carga de responsabilidad que no se daba cuenta que le impedía avanzar con ligereza.

Tomar decisiones, ¿cómo?

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Cuando en Different trabajamos con un equipo, una de las cuestiones sobre las que ponemos foco es sobre si el equipo encuentra la manera de ponerse de acuerdo cuando discrepa sobre qué decisión tomar, si sabe alinearse ante una necesidad concreta.

Alinearse no consiste en hablar y hablar hasta que todos piensen exactamente lo mismo, o en que alguno/s se calle/n y no pongan su opinión al servicio del equipo, si no en que, una vez valoradas todas las posiciones, el equipo haga suya una de las estrategias posibles y la aplique con toda la intensidad.

En nuestra práctica, vemos qué acciones son favorables para encontrar una posición común:

– Escuchar para entender al otro, no para responderle.

– Poner en suspenso los juicios sobre uno mismo y el resto.

– Tener presente por encima de todo el objetivo común.

– Poner foco en lo que cada propuesta puede aportar para la consecución de dicho objetivo.

– Comprometerse en encontrar la manera de estar de acuerdo, más que en tener la razón.

– Poner la creatividad al servicio de esta búsqueda.

– Ser capaz de renunciar a una parte de tu opinión por el 100% de la solución común.

– Disponer de una mecanismo pre-definido para la toma de cada tipo de decisión.

La capacidad de encontrar el criterio con el cual el equipo va a tomar las decisiones es una de las principales herramientas que hará que un equipo de trabajo avance y no se quede paralizado divagando o discutiendo sobre opiniones individuales haciendo que, en lugar de acercarse el objetivo a alcanzar, éste cada vez esté más lejos.

Porque el camino de avanzar hacia el objetivo común está lleno de decisiones. Me atrevería a decir que al igual que cualquier camino.

En tu equipo, ¿cuál es el criterio para poneros de acuerdo? ¿Cómo se toman las decisiones?

La sospecha positiva

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Cuando en Different trabajamos con equipos que quieren mejorar su rendimiento, les proponemos que se doten de unos fundamentos o reglas de oro que rijan de forma eficiente la manera cómo, los unos con los otros, van a conversar, pedir, ofrecer, acordar y resolver los retos que se les presenten.

Una de esas reglas es la de “Suponer la intención positiva del otro”.  Se trata de darle la vuelta a un hábito bastante arraigado, el de la sospecha: en lugar de presuponer la amenaza proponemos presuponer la voluntad de aportar. Lo llamamos “la sospecha positiva”.

Seguir esta regla suele ser fundamental para conseguir que las individualidades de un equipo sean más capaces de entenderse y alinearse en torno a un objetivo común.

Cuando un equipo se dota de esta norma, lo que hace en realidad es institucionalizar una creencia, la de que “hay siempre voluntad, en lo que otro miembro del equipo hace o dice, de aportar a éste algo enriquecedor”

¿Tiene que ser esta creencia cierta? Pues no se trata, como sucede con cualquier creencia en el ámbito del coaching, de si es cierta o no, se trata de si es útil o no, o, más que útil, si es o no posibilitadora. Es decir, de si abre nuevas y ricas posibilidades que acercan al equipo a la consecución de su objetivo común.

Esta regla, esta creencia, nace de la confianza en el otro y, cuando es compartida por todo el equipo, actúa como multiplicadora de su talento.

Los efectos de la Sospecha Positiva son:

-Potencia la empatía, ya que nos desliza hasta el lugar del otro, lo que es necesario para poder hacerle ofrecimientos útiles y comprender las necesidades ajenas.

-Ayuda a generar un ambiente en el que las personas se atrevan a dar y recibir feedback sincero y constructivo, herramienta básica para el aprendizaje y la evolución.

-Favorece que los miembros del equipo se sientan libres para hacer peticiones, que es la base del trabajo en equipo.

-También propicia que los miembros del equipo puedan responder “sí” o responder “no” a esas peticiones, lo que es imprescindible para tener a un equipo implicado, frente a un equipo obligado.

-Otro aspecto, quizás el más “mágico”, es que actúa como profecía auto-cumplida. Basta que todos los miembros del equipo crean en ella para que, no sólo sea posibilitadora, si no que se transforme, a ojos del equipo, en cierta.

La sospecha positiva es una magnifica y fértil tierra firme para asentar el compromiso individual y colectivo de los equipos de trabajo y de cualquier grupo de personas, sea este del ámbito que sea (familiar, de amistad…) y que puede funcionar a cualquier escala si entendemos nuestra sociedad como un gran grupo que busca convertirse en un equipo armónico y de alto rendimiento.

Quizás es útil preguntarse ¿quieres sospechar en positivo? Y si aún no lo haces, ¿qué te lo impide? ¿Qué necesitas para hacerlo?

Micro conversación absurda

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A un enfermo grave en la consulta del médico:

– enfermera: le doy hora a primera hora (quién sabe si pensando que le hace un favor porque así no tiene que esperar)

– paciente: de acuerdo (pensando que le iría mejor a media mañana porque no vive en Barcelona y sin conocer las razones por las que le dan esa hora)

  

¿Cuánto nos perdemos por no preguntar algo tan simple como si podría haber cita en otro momento?

¿A qué tememos para no preguntar? 

¿A perder la oportunidad? 

¿Qué le puede estar suponiendo a un enfermo grave hacer ese esfuerzo?

 ¿Hacia dónde “miramos” cuando hablamos?  

¿Cómo cambiaría mi vida si dijera lo que necesito?

Cómo ya he adelantado, la reflexión que extraigo es de que vivimos muchas situaciones absurdas…