¿Personaje o persona?

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Para mí una de las cosas interesantes de las vacaciones son esas conversaciones en las que los temas se van sucediendo como por arte de magia sin un orden preestablecido y con todo el tiempo del mundo.
En una de estas conversaciones con mi hermana, apareció James Rhodes. Sin pensarlo empezamos a hablar de su bestseller titulado Instrumental.
Hablamos de la historia de este exitoso pianista y de cómo el género humano puede sorprendernos una y otra vez.

A medida que vamos evolucionando por la vida, con nuestras distintas facetas o roles vamos configurando un personaje (o varios) con los que interpretamos nuestra historia a través de las circunstancias y las escenas por las que vamos transitando.

Y también mediante estos personajes nos vamos relacionando con los demás y vamos hilando el entramado de relaciones que configura nuestra red social, que nos acompaña en nuestro caminar por el mundo.

Con algunos nos relacionamos como amigo/a, con otros como hermano/a, con otros como madre/padre, con otros como profesional y, así, hasta un sinfín de personajes posibles.

Todos estos personajes serían como las caracterizaciones de los actores.

Y los actores, ¿dónde están en este entramado? ¿Qué hay de la persona que se viste de cada uno de los personajes?

Cuando estamos con alguien, ¿con quién estamos, con la persona o con el personaje?

En el caso de James (permitidme la confianza), la persona que había detrás del exitoso pianista llevaba un dolor escondido, ese que gracias a Bach (el compositor) pudo revelar y con el que su mujer descubrió sus debilidades y le abandonó.

¿De quién se había enamorado su mujer, del exitoso pianista o de un marido que escondía un dolor antes inconfesable para él? ¿Del personaje o de la persona?

Sin duda, todos podemos llevar en nuestro interior creencias, experiencias, historias que no nos gustan y que nos impiden conseguir nuestra plenitud. Una mochila llena de dolores, de relaciones tormentosas, de culpas, de episodios que hubiéramos preferido no vivir. Se me antoja que a veces construimos personajes para esconder aquello de nuestra persona que no nos gusta o no queremos mostrar.

¿Cómo gestionamos todo esto? ¿Cómo conseguimos vaciar esta mochila y soltar lastre?

Cuando lo logramos, damos cabida a otras experiencias que nos permiten transitar por el mundo con mayor confort, mejor equipados y con más capacidad para avanzar.

Gracias James por haber sido tan valiente de compartir tu experiencia y gracias Noa por la inspiración.

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El duelo, el perdón y las puertas abiertas

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Cuando hemos perdido algo o a alguien que nos importa necesitamos hacer un proceso de duelo. Una consecuencia de no hacerlo puede ser vivir, como en el “día de la marmota”, una y otra vez el descubrimiento de la pérdida… Si una pérdida suele ir acompañada de tristeza y miedo, sin duelo, la intensidad de estas emociones se puede disparar hasta hacerse insoportable.

Muchas veces, en un proceso de duelo necesitamos perdonar, a los demás o a nosotros mismos.

Me viene al recuerdo especialmente lo que le sucedió a un cliente. Este cliente perdió a un familiar cercano y querido y no podía parar de reprocharse todo lo que podría haber hecho para que la pérdida no hubiera sucedido y, además, lo poco que aprovechó para estar con ese familiar hasta que se marchó inesperadamente.

La metáfora que utilicé para transmitir lo que yo escuchaba de sus explicaciones es que el mundo en el que la pérdida era real estaba al otro lado de una puerta. Cada día, al despertarse, abría esa puerta y cada día descubría que lo que había fuera le daba mucha pena y miedo. Así, de golpe, la cerraba y se refugiaba dentro, lejos de aquello que no le gustaba y también de lo que más le gustaba. Y no podía escapar de aquella puerta para hacer realidad sus sueños… Y cuando finalmente se atrevió a traspasarla, la quiso cerrar para siempre… Pero se reabría constantemente, desatando el miedo que le producía volver al otro lado. El perdón era la llave que le permitiría cerrarla para siempre.

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Cuando mi cliente vio todo lo que le estaba suponiendo su actitud, rápidamente inició un proceso de duelo y fue capaz de regalarse el perdón que descubrió que necesitaba.

¿Cómo lo consiguió?

  • Agradeciéndose todo el disfrute que también había tenido con aquella persona querida. Dándose cuenta de cuánto había contribuido a que se rieran, aprendieran juntos y se sintieran queridos.
  • De alguna manera, eran dos caras de la misma moneda: podía haber hecho más cosas y podía no haber hecho nada por esa persona, todo dependía de dónde pusiera el foco.

 

Todo duelo acaba trayendo un regalo oculto, como la rana que se convierte en príncipe.