LOS LÍDERES, ¿MUESTRAN O DEMUESTRAN?

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Hay frases que te atrapan. Y te dan horas y horas de reflexión.

A mí me pasa a menudo. Claro! diréis, en una sesión de Coaching escuchas frases y frases dignas de reflexión. Sí, por supuesto, cada cliente trae infinitos regalos en forma de frase, de emoción y de pensamiento. Mi más profunda gratitud a tanto aprendizaje.

En este caso quiero compartir la reflexión acerca de una frase que no escuché en una sesión, si no en una conversación informal de amigos.

“He estado en unas jornadas demostrando mi liderazgo”.

Esta frase es la que me ha tenido atrapada y conmovida estos días.

Nos atrapa aquello que nos emociona, en este caso, me atrapó la tristeza que sentí al oírla.

De pronto me vino una imagen de competición en la que distintos “aprendices de líder” competían a ver quien ganaba en liderazgo y a la par, imaginé equipos de personas en las que su “líder” les demostraba cuan líder era, como si viese a un rey con sus vestimentas de terciopelo, en capas y más capas, y una corona dorada, pulcra y brillante, en lo alto de su cabeza sentado en un pedestal con los súbditos a una nivel inferior.

Sentí tristeza de ver que no se estaba dando cuenta de qué impacto podía tener esto en las personas de su alrededor, y a la vez ternura de poder mostrárselo como un espejo para que decidiera si quería demostrar o mostrar su liderazgo.

¿Qué hay detrás de querer demostrar algo a alguien?

Cuando algo necesita ser demostrado es que, de alguna manera, está en duda. La demostración nace, de alguna forma, de la inseguridad, de creencias como “no me valoran lo suficiente”, “me juego que dejen de valorarme”, “no me aprecian”, “no confían en mí” y, entonces, “debo demostrar que soy valioso, confiable”. Con la necesidad de ponerse en el escalón de arriba, para mirar hacia a bajo a los demás.

Y el líder, ¿es superior a los demás?

Pues una de las características que más definen a un líder, afortunadamente, es la humildad.

La humildad de no ser el que más sabe de todo, la humildad de ser vulnerable para poder estar al mismo nivel que los demás y equivocarse o acertar igual que todos, de regalar el espacio para que los demás decidan como llegar al objetivo que él mismo propone.

Cuando un líder muestra un sitio donde llegar, no manipula para que los demás se sientan obligados a ir por donde él dice, ni obliga. Lo comparte para que libremente los demás lo acojan como propio y caminen con las habilidades de cada uno al servicio del bien común.

Mostrar implica transparencia y espontaneidad, permite compartir una propuesta, sabiendo que es solo una más de las posibles, ni la única ni la mejor, con la fortaleza de la vulnerabilidad. Para así, poder escuchar y acoger otras y hasta construir una nueva con las propuestas de todos.

Mostrar se hace desde la autoestima y la plena aceptación de uno mismo.

Demostrar lleva tatuado el sello del ego, el ego que se alimenta de excesos y déficits, el que cree que su mundo es el mundo.

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EMOCIONES: ¿POSITIVAS, NEGATIVAS?

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Últimamente estoy leyendo por las redes, revistas especializadas y blogs hablar de emociones negativas y hasta incluso de feedback negativo.

A mi humilde modo de ver, calificar algunas cosas de positivas o negativas, buenas o malas, me hace pensar en limitar el aprendizaje y el desarrollo.

Hablando de emociones, he leído incluso que hay que combatir las emociones negativas (así llaman a la tristeza, al miedo, a la rabia, a la envidia…). ¿Cuánta energía necesitamos para combatir?

Las emociones no se pueden evitar, ellas llegan cuando es necesario y vienen a cumplir una función. Desconsiderarlas se puede traducir en que se aposenten y nos condicionen… aún más.

¿Qué nos pasaría si no nos las permitiéramos?

Vamos a ver si estas emociones nos pueden ser útiles:

  • Tristeza: nos permite un espacio de recogimiento, de silencio, de soltar aquello que hemos perdido y elaborar un duelo, o de conocer aquello que queremos conseguir y no tenemos aún. Y hasta se convierte en un espacio donde puede emerger la creatividad.

No permitirnos la tristeza nos podría llevar a estar volcados hacia fuera, sin escuchar que pasa en nuestro interior. A no poner nuestras necesidades en valor y vivir la vida de los demás y no la nuestra. A no transitar el duelo de manera reparadora con el peligro de caer en un estado de duelo permanente.

  • Miedo: nos ayuda a darnos cuenta de un peligro, nos alerta y nos permite protegernos de una amenaza. Incluso de parar antes de actuar.

No permitirnos sentir miedo nos podría llevar a la indefensión total, a la temeridad, incluso a la autodestrucción.

  • Rabia: nos ayuda a ser fuertes ante una amenaza, a poner límites, a darnos cuenta de lo que no nos gusta y así poder actuar en consecuencia. Nos da la fuerza para poner en valor nuestras propias necesidades, a decir “sí” o a decir “no”, y avanzar.

No permitirnos la rabia, nos puede llevar a no decidir, a vivir la vida desde el conformismo y a ser víctimas de las circunstancias y de las decisiones de los demás.

 

Está claro que cada emoción, en su justa medida, tiene una utilidad, un para qué, que lejos de tener que combatirlo, podemos acoger y ver qué nos viene a decir para actuar en consecuencia.

A modo de ejemplo:

“A través de la tristeza podemos descubrir qué es lo que no queremos perder. Una vez lo tenemos claro, permitiendo la llegada de la rabia podemos tomar fuerzas para actuar en consecuencia y dejándonos acompañar (que no cegar) por el miedo, evitando adoptar medidas que pudieran perjudicarnos.”

¿Se ven negativas ahora estas emociones?”

Del feedback hablaremos otro día…

 

El duelo, el perdón y las puertas abiertas

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Cuando hemos perdido algo o a alguien que nos importa necesitamos hacer un proceso de duelo. Una consecuencia de no hacerlo puede ser vivir, como en el “día de la marmota”, una y otra vez el descubrimiento de la pérdida… Si una pérdida suele ir acompañada de tristeza y miedo, sin duelo, la intensidad de estas emociones se puede disparar hasta hacerse insoportable.

Muchas veces, en un proceso de duelo necesitamos perdonar, a los demás o a nosotros mismos.

Me viene al recuerdo especialmente lo que le sucedió a un cliente. Este cliente perdió a un familiar cercano y querido y no podía parar de reprocharse todo lo que podría haber hecho para que la pérdida no hubiera sucedido y, además, lo poco que aprovechó para estar con ese familiar hasta que se marchó inesperadamente.

La metáfora que utilicé para transmitir lo que yo escuchaba de sus explicaciones es que el mundo en el que la pérdida era real estaba al otro lado de una puerta. Cada día, al despertarse, abría esa puerta y cada día descubría que lo que había fuera le daba mucha pena y miedo. Así, de golpe, la cerraba y se refugiaba dentro, lejos de aquello que no le gustaba y también de lo que más le gustaba. Y no podía escapar de aquella puerta para hacer realidad sus sueños… Y cuando finalmente se atrevió a traspasarla, la quiso cerrar para siempre… Pero se reabría constantemente, desatando el miedo que le producía volver al otro lado. El perdón era la llave que le permitiría cerrarla para siempre.

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Cuando mi cliente vio todo lo que le estaba suponiendo su actitud, rápidamente inició un proceso de duelo y fue capaz de regalarse el perdón que descubrió que necesitaba.

¿Cómo lo consiguió?

  • Agradeciéndose todo el disfrute que también había tenido con aquella persona querida. Dándose cuenta de cuánto había contribuido a que se rieran, aprendieran juntos y se sintieran queridos.
  • De alguna manera, eran dos caras de la misma moneda: podía haber hecho más cosas y podía no haber hecho nada por esa persona, todo dependía de dónde pusiera el foco.

 

Todo duelo acaba trayendo un regalo oculto, como la rana que se convierte en príncipe.